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La buena comunicación entre un docente y su alumno/a (2ª parte)

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Santi González, docente de Secundaria y Bachillerato y formador de docentes en didáctica de las Matemáticas nos presenta la 2ª parte del artículo sobre la importancia de la “buena” comunicación entre alumno y docente. No debemos dar todo por sentado si queremos que los alumnos aprendan y adquieran nuevas habilidades. ¿Qué técnicas usamos para reconocer si el alumno ha aprendido?

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En la primera parte de este artículo, presentaba algunas claves para la mejora de la comunicación entre el docente y su alumno/a. Estas claves eran las siguientes:

  • Lo que sabe o no sabe el docente
  • Lo que el docente explica y cómo lo explica a sus alumnos
  • Cómo interactúa el alumno con lo que el docente propone
  • Lo que cree que entiende el alumno
  • Lo que finalmente acaba integrando como conocimiento nuevo

Vamos a profundizar un poco sobre cada una de ellas, con la intención de que no me salga un artículo demasiado largo y pesado, pero sí lo suficientemente inspirador como para que por lo menos nos haga pensar. Si además nos ayuda a mejorar en nuestra labor como docentes, entonces eso ya será la leche.

Lo que sabe o no sabe el docente

En clase el docente es el director de orquestra. En educación infantil, el docente lo es todo. En educación primaria, el docente es un referente de todo lo que pasa dentro y fuera del aula. En educación secundaria ya se le empieza a juzgar y a ser visto con otros ojos (aunque no siempre, claro) y si seguimos avanzando, bueno… está claro que el rol del docente será diferente.

El docente sabe muchas cosas. Sabe algunas cosas que la carrera universitaria le ha enseñado, sabe de lo que observa y aprende de sus compañeros de “sala de profes”, sabe de su propia capacidad cultural, sabe de lo que ha ido aprendiendo y evolucionando por su vida. El docente es una persona normal y corriente, no nos olvidemos de eso.

En algunos casos, lo que sabe no necesita contrastarlo porque cree que son verdades absolutas. En otros casos, como la sociedad va cambiando, necesita actualizarse y por tanto necesita formarse continuamente.

El docente ya sabe que necesita formarse y actualizarse para mantenerse al pie del cañón con sus alumnos, para seguirles la pista… pero al mismo tiempo lucha por mantenerse igual, por mantener aquellos valores y maneras de proceder que en su día le dieron tantas alegrías.

A los docentes también les cuesta  salir de la famosa zona de confort.

De lo que sabe o no sabe un docente, empezará o no empezará un proceso de comunicación que acabará revertiendo en sus alumnos. Seamos responsables entonces de lo que queremos transmitir, de cuando lo hacemos y de que manera lo hacemos.

De lo que sabe o no sabe un docente dependerá en gran medida el éxito de la buena comunicación con sus alumnos/as.

Lo que el docente explica y cómo lo explica a sus alumnos

Ya tenemos a nuestro docente en clase, con todo el conocimiento y la personalidad que hemos comentado en el punto anterior. Ya lo tenemos dispuesto a comunicarse con sus alumnos, a transmitir conocimiento, a ser un orientador nato de sus experiencias vitales… a ser el referente en ciertas edades y a intentar ser uno más en otras.

¿Por dónde empiezan mis clases? ¿Explico mi vida, pongo ejemplos de cosas que me han pasado a mi? ¿Explico puro y duro la teoría que toca y ya está? ¿Dejo un reto en el aire para que lo pesquen mis alumnos y trato de orientar lo que pasa a continuación?

Pensemos por un momento, qué nivel de responsabilidad tiene el docente y tiene el alumno para que la comunicación entre uno y otro fluya correctamente desde el minuto cero. El docente da por hecho que debe haber silencio y que eso es responsabilidad del alumno. Cuando el profe explica, los demás están callados.  El alumno da por hecho que el docente lo sabe todo sobre lo que quiere explicar y por tanto cree que no necesita contrastar lo que le llega.  El docente puede llegar a pensar que la información que sale por su boca es la correcta siempre y no tiene en cuenta los diferentes puntos de vista de las cosas.

“¡Estoy hablando y no me estáis escuchando!” A lo mejor lo que crees que es importante decir ahora, al otro lado piensan que no lo necesitan para su supervivencia y desisten o cortan la comunicación.

Los alumnos, distraídos con lo que realmente interesa a sus sentidos, pierden la mitad de la mitad de la información que quiere transmitir el docente, seguramente porque están en sus cosas, en lo que les importa realmente, en lo que les llama la atención y si están hablando al mismo tiempo que el docente, seguro que mucha atención no les está llamando.

En este contexto, la manera en que presentemos la información, en cómo graduemos la dificultad de los conceptos clave, en cómo demos tiempo a que los alumnos piensen por sí mismos, va a necesitar de una reflexión profunda y adaptada, pensando en el grupo que tengamos en cada momento.

“Hoy mi clase ha sido un éxito, todos estaban callados y asintiendo con la cabeza todo lo que iba diciendo”. No nos dejemos engañar. Que los alumnos estén callados no significa que estén escuchando. ¿Qué piensan sobre lo que el docente les está explicando? No se sabe… Que los alumnos estén asintiendo, no significa que lo que creen que entienden ellos sea lo que el docente quiera que entiendan.

Por tanto, si queremos que la comunicación fluya ya desde los primeros momentos, como docentes debemos reflexionar sobre qué explicamos y cómo explicamos el contenido que toca. No pensemos que no tenemos responsabilidad en este aspecto.

Cómo interactúa el alumno con lo que el docente propone

Ya tenemos al docente con muchas ganas de transmitir, que ha cuidado su interior como toda persona corriente que es y ha revisado lo que sabe y no sabe sobre lo que quiere explicar hoy. Ah… también ha reflexionado sobre cómo lo va a hacer.

Pero, ¿Ha pensado suficientemente sobre cómo interactúan los alumnos con los mensajes que él quiere darles?

Pongamos un ejemplo:

¿Qué me dirían si les pongo esta imagen en la pizarra?

El docente quiere enseñar a sumar números enteros y fracciones. Y para ello tiene varias opciones por delante.

La peor de todas seguro que es la de no asegurarse bien que sus alumnos entienden perfectamente lo que les intenta explicar.

Muchas veces damos por hecho tantas cosas (“que ya deberían saber de cursos anteriores”) que pasamos por alto las dificultades que se presentan en la cabeza de los alumnos cuando ven escritos los números como los hemos presentado anteriormente.

Un alumno puede estar intentando recordar en qué consiste

. ¿Cómo se leía esto? ¿Qué significaba? A lo mejor lo que no tiene bien asimilado es aún el concepto de fracción.

Otro alumno puede pensar que el 2 que está sumando, ya, ya… 2 pero como lo suma a 1/3?

Otro alumno intenta imaginarse esa suma en qué consiste y tratar de recordar algún episodio vital donde la haya utilizado antes… ¿Qué significa 2? ¿2 unidades? ¿Tener 2 cosas? ¿2 euros? Claro… a ese 2 le estás intentando sumar 1/3, pero qué representa ese tercio. ¿Es un tercio de qué? ¿Sumamos numeradores? Pero si un sumando no tiene…

Demos un poco de respiro a esta situación.

Imaginemos que podemos dar a los alumnos una tira de papel rectangular y les preguntamos cuántas tiras tiene en sus manos.

¿Qué pensará el alumno? Vaya pregunta absurda, pues una.

Es una tira de papel, por tanto, tenemos 1.

Preguntemos entonces cómo conseguir 2 a partir de ahí. Necesitan otra tira de papel igual.  Ya tenemos 2.

 

 

Ahora queremos sumarle un tercio de tira de papel. Por tanto, necesitamos otra tira de papel a la que representaremos 1/3.

 

 

Si conseguimos que el alumno interactúe con lo que realmente queremos que aprenda que es a sumar enteros y fracciones, debemos proporcionarle herramientas para que visualice bien que representan cantidades enteras y que representan fracciones y que no tenga que recurrir siempre a la operativa y a la mecanización sin sentido. Eso ya llegará, pero a su debido tiempo.

Llegados a este punto, viene la gran pregunta: ¿Cuántos tercios tiene una unidad? ¿Tiene 3? ¿Siempre es así? Asegurémonos que en este momento los alumnos entienden que tercios quiere decir tener 3 partes iguales de la unidad y tomar una.

Pues si es así, entonces estaremos sumando 3 tercios + 3 tercios + 1 tercio con lo que el resultado será 7 tercios.

Reflexionemos cómo interactúa el alumno con lo que queremos explicar. Si no cuidamos correctamente estos momentos, podemos pensar que cuando asienten con la cabeza quiere decir que están entendiendo correctamente lo que queremos mostrar y no siempre va a ser así.

Lo que cree que entiende el alumno

En este momento de la comunicación lo importante es asegurarnos que los alumnos piensen suficientemente sobre los objetivos de aprendizaje. ¿Les estamos dando herramientas para ello? ¿Les hacemos preguntas clave en el momento que las necesitan? ¿Cómo van de motivación mientras todo el proceso avanza?

Hay muchas maneras de ayudar al alumno a que lo que crea que está entendiendo tenga una evaluación directa y sencilla por parte del docente y que eso permita al alumno avanzar seguro.

La técnica de los pulgares es una de ellas. A mí me encanta esta técnica, por lo sencilla y fácil de utilizar que es.

Os voy a poner un ejemplo de su efectividad.

Estamos aprendiendo las tablas de multiplicar en clase. Y claro, las queremos preguntar a nuestros alumnos, queremos asegurarnos de que saben multiplicar.

Para ello primero vamos a contar a saltos porque contar a saltos equivale a sumar el mismo número repetidamente y esto es justamente multiplicar.

Contar a saltos 6 veces de 3 en 3:                  0,  3,  6 ,  9 , 12 , 15 , 18

Sumar repetidamente 6 veces el 3:                     3 + 3 + 3 + 3 + 3 + 3

Multiplicar 6 por 3:                                                         6 x 3

Aquí tenemos varias opciones. Decidimos que sean ellos los que digan los números en voz alta, así van diciendo uno a uno, 3, 6, 9 … Pero pienso… si tengo que preguntar a cada alumno que tengo en clase… se hace pesado y tardo mucho… además que no sé si es muy motivador y eficaz. Mientras unos cuentan a saltos, ¿los otros que hacen? No, no… rechazado.

Decido pasar a la técnica de los pulgares. Les voy a proponer un juego. Yo voy a contar de 3 en 3, lo haré poco a poco… en el momento que me equivoque al contar, me señalan con el pulgar mirando hacia abajo mirando con cara de decepción. ¡Oh, el profe se ha equivocado!

Lo haré varias veces, primero contaré de 3 en 3, luego de 4 en 4. Contando de 5 en 5 lo haré más rápido y ya los tengo a todos metidos en el juego.

Lo importante de todo es que tengo que observarlos atentamente. Cómo reaccionan al momento de mi error, qué alumno no lo hace igual, qué alumno intenta copiarse del compañero o duda de cómo poner el pulgar. En ese momento ya tendré mucho más claro quién tiene dificultades y quién no y cómo poder ayudarles luego individualmente. Y sobre todo, los tengo a todos metidos y pensando en lo que me interesa. Ellos también están contando a saltos al mismo tiempo para ver en qué momento me equivoco y ser el primero en mostrarlo.

Ayudemos a nuestros alumnos a disponer de momentos de evaluación continua que les permita sobre todo pensar en los objetivos de aprendizaje y reflexionar sobre lo que saben y no saben. Eso mejorará nuestra comunicación con ellos.

Lo que finalmente acaba integrando como conocimiento nuevo

Ya tenemos a nuestro docente preparado para comunicar algo que se ha preparado muy bien. Además, ha tenido en cuenta diferentes puntos de vista, ha cuidado mucho la manera de explicar, cuándo y cómo hacerlo. Ha dejado a los alumnos que interactúen correctamente, dándoles tiempo y herramientas para pensar sobre lo que quiere que aprendan. ¿Ya está todo hecho? ¿Con eso es suficiente para que la comunicación sea un éxito?

Pues no. Si no cuidas un aspecto fundamental. Los alumnos necesitan práctica suficiente para incorporar habilidades y para ello no solo necesitan estar motivados para hacerlo, sino que necesitan hacerlo repetidamente en el tiempo.

Provoca en ellos el ejercicio de la evocación, que tengan que esforzarse a recordar aquello que creen que tienen olvidado, gradúa esa práctica adecuadamente a lo largo del tiempo y respalda continuamente sus errores.

El conocimiento que adquieren los alumnos, así como las competencias o habilidades que integran para resolver problemas en situaciones significativas no es algo que se integre en un momento concreto y ya está. Necesitan tiempo, insistencia, perseverancia y motivación para ello, acompañamiento por parte del docente, dotarlos de buenas estrategias… y sobre todo, necesitan que la comunicación que establezcamos entre docentes y alumnos esté suficientemente cuidada.

Un abrazo a mi colectivo, los docentes de este país.

Santi González
santi@horizonte-educativo.com

Horizonte Educativo